
Pues otra vez cumplí años y ya siento que a la flor de la juventud que antes presumía se le están cayendo los pétalos. Solo hago deporte una vez a la semana, siento más el frío y tras dos chelas caigo rendido; es la bolita dicen por ahí.
Sin embargo este cumple estuvo chido, vinieron los abuelitos de Ana a comer pastel y tomar cafecito, también vino Erika y fuimos allá donde fui mi primer cumple estando acá, a Hohensyburg. Hay un casino y las ruinas de un castillo.
En la noche fui con mis amigotes a tomar una que otra cervecilla y clareando la mañana el tren me dejó cerca de casa para caminar zigzagueante hasta mi cama.

Yo les dije que vinieran para mi cumple, pero las ganas de verme y no quedarse una semana mas sin estrenar su flamante automovil en autopista pudieron más. Nos encontramos en Colonia y nos dimos los arrumacos correspondientes y tras buscar el museo del chocolate en la dirección equivocada y luego encontrarlo pero cerrado, nos dirijimos a Düsseldorf a comer. En Amsterdam las chicas eran las más emocionadas por las vitrinas que exhiben carne femenina y el Tomás hizo su gracia habitual al recorrer todo el museo de Van Gogh él solo mientras nosotros lo esperabamos para hacerlo juntos. El repertorio de chistes esta vez tuvo una productiva aplicación mientras viajabamos de regreso con el tedio de la autopista. Y como bien es cierto, recordando viejos chistes.... nomás para despistar!
La euforia que trae una agradable visita es análoga a la cima y descenso de la montaña rusa, mientras el final del viaje se compara a la partida. Bueno, nos vemos la próxima, mientras tanto, salud por la quinceañera!